Categoría: Cuento

Mi primera vez con la cheve artesanal

Cuando comencé a trabajar el taxi, tenía, qué serán, unos 17 años, a esa edad uno no es tan responsable, eres joven y cualquier cosa se te hace fácil, el futuro casi que ni existe para uno.

10:48

“Me estuve preguntando por él. Me imaginé cómo sería de cerca e incluso qué aroma desprendería su ropa”.

Tu nombre

“Sonrió, quizá le parecía divertido, pero a mí todo esto de la maternidad me daba vueltas, me asustaba demasiado.”

El enano que amaba a la mujer que hacía equilibrio en la cuerda floja

Y a él, le sangraban las manos de tanto aplauso frenético, se le rasgaba la garganta de tanto grito de asombro y se le aborrascaba la visión de tanta lágrima enamorada.

Las muertas narran VII: Advertencia continua

Si hubieras puesto un poco más de atención hubieras podido notar que ese hombre te estaba siguiendo, pero eso no pasó.

Las muertas narran VI: Un cuento sin hadas

“La reina salió de su morada, decidida a encontrar a su hija. Dejó atrás el trono y puso al reino entero a unirse a la búsqueda. Algunos iban de pueblo en pueblo con los anuncios en mano tocando puertas y preguntando si habían visto a una joven de 16 años, de cabello color castaño, estatura de 1.57 m y que cuando se le vio por última vez traía puesto un vestido color celeste”.

Las muertas narran V: Las once mil vírgenes

“Una vez me bajé del taxi me di cuenta de que estaba oscuro y no había nadie. Me enfoqué en seguir caminando deprisa. En un momento, sentí un escalofrío y me abracé a mí misma, volteé hacia atrás y me di cuenta de que no muy lejos de mí había un hombre caminando”.

Las muertas narran IV: Trance

En eso, tu celular vibró. Un mensaje de tu amiga, una invitación. Lo tomaste, leíste. “¡Amiga! Te vi en el colegio hoy, no te veías muy animada… Hay que salir ¿sí?” Lo consideraste un momento, y al fin decidiste. ¿Qué cosa podría pasar?

Las muertas narran III: En la maleta

Cuando era niña pensaba que las personas cuando mueren, pueden ver cómo la vida sigue, pero yo no veo más que el interior de esta horrible y apestosa maleta.

Mejor nos hubiéramos quedado en mi casa

Alberto asiente con un Sí agobiado. Apenas alcanzo a tocar sus dedos con mi mano derecha. En voz baja y tratando de esconder el dolor le digo: “Ya ni la bañada”. Los dos no reímos un poco y tosemos por el exceso de polvo.