El padre de mi mejor amigo está preso

Vestía una cabellera con tres cuartos de canas y tramos del mismo color. Me miraba fijamente como si diez años nos hubiesen separado, me tomaba del hombro como si tuviese que entregarme los cuatro consejos más importantes de mi vida

 

Por Ricardo De la Torre

El padre de mi mejor amigo está preso

 

El padre de mi mejor amigo está preso, ya no recuerdo por qué, y ya no recuerdo cuántos años han transcurrido desde la última vez que lo vi; recuerdo su bigote, su torso desnudo que se perdía en la penumbra de la noche mientras deambulaba de aquí a allá. Siempre envuelto en faramallas ilícitas, siempre envuelto en un sendero de autodestrucción. Recuerdo las noches frías que nos encogíamos mi amigo y yo escuchando sus historias, los consejos que terminé por accionar a lo largo de mi vida, porque yo tuve menos de la mitad de un cuarto de padre y los aracles que hoy en día interpreto, uno que otro se los debo a él.

La noche anterior soñé con su padre, estaba en libertad, y además de eso, estaba en la puerta de mi casa de tierra; sonriendo, no cargaba maletas, cargaba docenas de arrugas en el rostro; sostenía días de gloria en sus ojos, mil palabras en las mejillas y cientos de lágrimas hechas nudo en su garganta, ya había reestructurado sus pecados y había vuelto a nacer. Vestía una cabellera con tres cuartos de canas y tramos del mismo color. Me miraba fijamente como si diez años nos hubiesen separado, me tomaba del hombro como si tuviese que entregarme los cuatro consejos más importantes de mi vida, aquellos que yacen en mi adolescencia, en mi corazón roto y en las promesas que he fallado; pero le devolví la mirada sujetando ese último favor, con las pupilas enmarañadas de esperanza, con miedos e inseguridades.

Recuerdo la noche que se lo llevaron, le inmovilizaron las manos con palabras y un par de esposas llenas de mugre. Le dieron un puñetazo en las costillas y en la dignidad. El padre de mi mejor amigo buscó la felicidad y el resuello en madrugadas a oscuras, iluminado por esa energía que yacía en sus venas. Perdido en el humo que se disipaba en el rostro de sus hijos.

El humo, de la oscuridad.

 

 

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