La Ajolotización del Derroche

Como pocas veces, coincido con el sentido común de los que viajan todos los días en el Metro: mientras Clara Brugada y su crew presumen “mejoras de infraestructura” rumbo al Mundial 2026, en la realidad estamos viendo es un glow-up caro, aparatoso y con fecha de caducidad.

Empecemos por la estación Hidalgo de la Línea Dos:

Ahí, la empresa INDHR (la misma que durante la administración de Adrián Rubalcava en Cuajimalpa le facturó al menos 47 millones de pesos en contratos de remodelación) se llevó 12.2 millones de pesos solo para poner (hasta ahora) cuatro candiles estilo Luis XV, según la investigación de Ladinus

Faroles dorados, muros de falso mármol y una escenografía que parece más lobby de hotel boutique que estación del Metro.

Todo ello entre polvo, andenes reducidos, taladros y obras en horario pico.

¿Infraestructura?

No, queride lectore: puro teatro, neta.

En Bellas Artes, la misma empresa (que ya acumula cerca de 100 millones en este paquete, según la investigación de Animal Político firmada por mi amigo Alexis Ortiz) replicó parte del vestíbulo del Palacio de Bellas Artes dentro de la estación. 

Pisos, muros, acabados: todo calcadito.

Porque, claro, lo que necesitaba el chilango que va en modo survival para llegar al trabajo era sentirse en un museo mientras espera un tren que llega con retraso. 

Mientras tanto, las obras ocupan espacios, reducen los andenes y convierten el servicio en una zona de construcción permanente. Pero Brugada lo llama “renovar la imagen y mejorar el funcionamiento”.

Y luego está el Auditorio en la Línea Siete:

Ahí instalaron 2 mil 857 metros cuadrados de porcelanato antivandálico, 714 metros de recubrimiento de madera, 300 metros cuadrados de vitrales artesanales hechos por artesanos mexicanos y 585 reflectores LED, según reportó La Jornada el 23 de mayo de 2026.

Todo dentro de los 2 mil 200 millones de pesos que se gastaron en modernizar 20 estaciones.

Vitrales en el Metro. Vitrales.

Mientras las vías se inundan y los trenes siguen fallando, neta.

Pero la historia no termina ahí. Para cerrar con broche de oro (o de ajolote morado), el gobierno capitalino estrenó 27 baños públicos inteligentes, los que ya todo el mundo en redes bautizó como “ajolobaños”.

Siete ya operan en la Zona Rosa y otros puntos turísticos, con planes de multiplicarlos por toda la ciudad.

El costo: siete pesos por uso. Nueve minutos como máximo. Pago con tarjeta de movilidad, tarjeta bancaria o efectivo. Se limpian solos, tienen sensores, ahorran agua y abren de seis de la mañana a medianoche.

(No, no es pal crujin)

Brugada los presentó como “espacios dignos e incluyentes” para el Mundial.

Dignos para el turista que viene a ver fútbol y se toma la foto para el Insta. Porque el chilango que apenas completa para el pasaje… pues que se aguante, ¿no?

Todo esto pasa mientras el Metro sigue con fallas diarias, humo, apagones, retrasos, estaciones deterioradas y un drenaje que colapsa cada que llueve.

Dos mil doscientos millones en candiles y vitrales. 

Cientos de millones más en pintura morada que hay que repintar de amarillo.

Y ahora baños de pago con temporizador para presumir modernidad ante el mundo.

¿Y sabe qué es todo esto?

No es infraestructura.

Es escenografía.

Es el derroche morenista en su máxima expresión: millones invertidos en candiles de Luis XV, réplicas palaciegas y baños de siete pesos mientras la ciudad real se cae a pedazos.

Mientras tanto, la ciudad real (la que usa el Metro todos los días) sigue saturada, descuidada y harta de esperar soluciones que nunca llegan.

Ahí Brugada puede llamarlo legado. Puede llamarlo transformación. Puede llamarlo utopía.

Pero la gente ve los candiles. Ve los vitrales.

Ve los baños de siete pesos.

Y sigue esperando el tren que no llega.

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