Arte que evoca distopía: El mundo de Erick Saucedo (3ck)

El estudio de Erick Saucedo está enclavado en las entrañas de la Prepa Popular “Mártires de Tlatelolco”, también conocida como Prepa Fresno. Un lugar ligado ineludiblemente a la cultura como un acto de resistencia.

Para llegar debes subir unas escaleras que llevan a lo que antes eran salones. En los pasillos hay bastidores sin usar, retazos de madera y esas cosas que aparecen mágicamente cuando almacenas, que no sabes bien qué son ni tampoco cómo llegaron hasta ahí.

La puerta es vigilada desde dentro. Escondidos entre obras en proceso y manchas de pintura, unos ojos custodian el espacio. Son los ojos de un gato. Tienen una mirada fuerte. Protectora. Te golpean cuando haces contacto visual.

Fotos por David Zuriaga | KultPop – Linotipia. CDMX. 2026.

Resulta irónico que sean los ojos de un gato, porque su figura está asociada al inconsciente y, precisamente, al entrar al estudio de 3ck eso es lo que pasa: entras a los rincones de su inconsciente.

Retazos de su memoria por un lado, manchas de pintura por el otro. Estopas. Tubos de pintura en el piso. El amor incondicional a su familia en esta pared. Sus obsesiones, las historias que ve como fotografías cada vez que cierra los ojos en este otro muro.

Que, dicho sea de paso, son distopías apocalípticas. Entradas a mundos paralelos. Visiones.

Esta es la segunda entrevista del serial de LINOTIPIA junto a Kult POP para charlar con artistas mexicanos directamente en sus espacios y conocer más sobre su obra y sus procesos creativos.

–¿Cuánto tiempo tienes en este espacio y cómo lo has transformado?

Tengo más o menos como tres o cuatro años acá. Y es muy interesante, porque sí ha cambiado bastante el espacio físico y un poco también el espacio mental de donde surge toda la obra.

Yo recuerdo que había un artista que decía que el taller es un reflejo de cómo el mismo artista tiene la mente llena de cosas: del mismo trabajo, como del eco o de las referencias. Y a mí me gusta mucho cómo esa referencia se refleja muy bien en el espacio físico. Entrar acá es un poco como un laboratorio, pero al mismo tiempo es como una biblioteca.

–¿Tú dirías que en las paredes de este estudio está reflejado tu inconsciente?

Sí, me gusta verlo así. Siento que, en mi caso, como que en la mente del artista, de Erik, hay mucho desmadre, pero en ese desmadre hay muchas cosas interesantes. Puedes encontrar desde la alta cultura hasta un poco la cultura popular que he ido absorbiendo desde niño.

En las artes actuales hay una frontera muy desdibujada de qué es arte contemporáneo, qué puede ser ilustración, qué puede ser cómic, qué puede ser un poco el manga. Y al mismo tiempo, esa misma pregunta del “¿qué puede ser?” te da otra variación u otro autor experimentado a su época. Lo que, en realidad, refleja mucho también el arte contemporáneo.

–Es lo que vemos en tu obra. Esa sensación de que estás viendo una pieza moderna, pero también puede ser un cómic, una ilustración o puede ser un graffiti. ¿Cuál es la definición que tú mismo encuentras? Si es que estás dispuesto a ponerte esa etiqueta.

…Es que es muy raro, porque yo también a veces me he preguntado en dónde estoy ubicado y creo que, no sé, como que hay días en los que el mismo estado de ánimo te dice: “ponte a dibujar como en el Romanticismo” o “pinta como si fueras Goya o Rubens”. Pero al otro día como que digo: “No, ya le hace falta algo, como un color estridente. Vete a los 90 y ponle algo más pop”.

No me gusta estar encasillado en un solo lado, pero si lo pudiéramos definir sería una onda entre lo distópico y lo popular. Como que lo crudo… hay cosas también agresivas y, de repente, muy tiernas.

– Yo veo mucho referencial al graffiti. ¿Fuiste alguna vez artista de graffiti?

Sí, de hecho sí, estuve un rato dándole al graffiti durante mi época de secundaria. Que era cuando estaba descubriendo un poco la libertad que podías encontrar en la calle, pero también como que esta onda de crear.

–¿Hacías tag o hacías bombas?

Hacía un poco más de bomba.

–¿Nos puedes revelar tu alias?

Sí, era el 3ck. Lo sigo manteniendo un poco como nostalgia, porque justo me gustaba mucho esta libertad de andar en la calle.

–¿En qué secundaria estudiaste?

Yo estuve en la Secundaria 67John F. Kennedy”, en Azcapotzalco, muy pegada con los límites de Naucalpan. Muy delimitada con los barrios todavía agresivos de ahí de Azcapotzalco. Pero era muy padre, porque hacíamos amigos de todos lados. 

De repente me tocaba echarles la mano a los cuates que se iban a pelear con los de la otra secundaria o el cuate que me decía: “Ayúdame a hacer el boceto para el graffiti”.

Entre varios hacíamos un boceto y había uno o dos que se aventaban a ir a pintarlo. Y a mí sí me daba un poco más de miedo, pero sí me aventé uno que otro. 

Pero te digo, como que ya nos tocó la época agresiva en la que, si agarraban a alguien —grafiteando—, lo golpeaban, lo pintaban y lo aventaban cerca de los límites de Naucalpan. Entonces como que ya muchos le bajamos.

–Cuando pegaste tu primera pieza, ¿sentiste esa libertad?

Era esa sensación de, al mismo tiempo, tener una libertad de poner una voz en la calle. Pero también era un poco esa voz dejarla en el anonimato (…).

También empezaba toda esta onda de los blogs en internet. Te metías al café internet y veías los blogs y decías: “¡Ah, mira! Lo andaba cazando en tal lado e hizo una pieza en tal lado”.

Veías que el internet ya empezaba a ser como una especie de nutriente dentro de esa mentalidad creativa de los chavos de esa época. 

Eso mismo me ayudó un poco a descubrir qué es lo que pasaba no solo dentro del ámbito urbano creativo de mi generación, sino más bien qué es lo que había pasado un poco antes. O qué es lo que estaba haciendo la gente en otros lados del mundo o de la misma República. 

Por ejemplo, veías qué onda con los graffitis en Guadalajara, en Monterrey o toda esa banda que venía de Tijuana.

–¿Se te quedó esta idea de que el arte es resistencia como lo es en el graffiti?

Sí, bastante. Y eso se ha ido reforzando después, incluso en la prepa todavía y más aún en la universidad. Fui desarrollando esta onda de que la imagen tiene cierto tinte político, cierto poder visual. 

La misma imagen no necesita mucho desglose, no necesita mucha descripción; solamente es como ubicarla en cierto contexto y ¡boom!

–¿El tener tu estudio en Prepa Fresno tiene que ver con esa idea del arte en resistencia?

Sí. Cierta onda como de hacer comunidad con otros artistas también.

–Como si fueran un crew...

Exactamente. Y esa onda también como de apoyo.

Acá algo muy interesante que pasa es que cuando no tienes idea de cómo hacer algo o cómo desarrollar cierta técnica, o cierto diálogo con algún proyecto que tengas, vas y preguntas a alguien que ya haya hecho o trabajado con algo y se empieza a hacer una sinergia interesante.

Sobre todo porque acá hay gente que incluso varía de generación. O sea, hay artistas ya establecidos, hay gente que está casi casi recién llegada de la universidad. 

Hay otros que no necesariamente son artistas: son diseñadores industriales, arquitectos, fotógrafos. Se ha ido haciendo algo así como un colectivo.

Al fondo del estudio hay un bastidor enorme con una pieza que, de alguna manera, recuerda a Las meninas de Velázquez. Pero más distópico, con conejos antropomórficos y niñas que usan máscaras de gas como de la Segunda Guerra Mundial.

La ironía es recurrente en el inconsciente de Saucedo. Ya sea porque en el cuadro un perro se piensa a sí mismo con un bozal de forma caricaturesca o porque, justo al lado del cuadro —aún en proceso— hay una pequeña biblioteca en donde, poniendo atención, encuentras escondido un libro… de Diego Velázquez.

–¿Cuál es tu relación con este canon y cómo lo has ido llevando a la modernidad? ¿Cómo logras esa simbiosis?

Fíjate que ese fue uno de los puntos muy reveladores para mí en la universidad. Recuerdo que había un profesor de dibujo muy exigente que nos tenía trabajando a gritos, a varazos, a llevarnos al límite. 

Tenía una idea que para nosotros era muy exagerada, pero para la profesionalización de las artes es muy certera: es totalmente llevarte al límite de que en el estudio de las artes tienes que tener una disciplina y una constancia.

–¿Qué tienes de esos artistas clásicos que reconoces en ti y en tu obra?

Es mucho de la observación (…): tú, como artista, tienes que regresarte a estos grandes artistas para aprender cómo resuelven, cómo solucionan, cómo componen. Desde Goya, pasando por Velázquez, Otto Dix también. 

Hay una búsqueda constante de todos esos artistas que se han clavado en el personaje, en la escena, en el paisaje, el bodegón, manejando todos los géneros de la pintura.

Veo una esencia postapocalíptica en tu obra.

Ha sido una búsqueda un poco extraña. En realidad, esta idea de la utopía, del apocalipsis, empezó saliendo de la universidad, al querer hacer ejercicios de paleta. Pero también de querer hacer una escena donde, de manera ridícula, metiera personajes que no tuvieran mucho que ver entre ellos.

El mismo subconsciente con el que estaba empezando a trabajar en ese año me fue dando este universo de manera muy orgánica.

También tenía que ver un poco con esta autobúsqueda de qué es lo que le interesaba a ese Erik de 22 años en ese entonces, que era clavarse también con el cine. Clavarse con lo que pasaba dentro del cuadro. 

Para mí el cuadro era una especie de escena de una película. Con el tiempo me fui dando cuenta de que hay personajes que se repetían.

De repente había personajes que aparecían en otro contexto o en otro espacio o en otro cuarto. Era revelar una especie de casting o de escena para después ir armando la película completa.

Me fui clavando en temas de experimentos genéticos, mutaciones, cómo es que el ambiente empieza a transformar a ciertos organismos. Un poco cómo la misma historia ha ido queriendo borrar todos estos vestigios de otras culturas. 

Cómo es que siempre hay una cultura dominante, como el colonialismo también ha ido experimentando con las imágenes y con los simbolismos. Todo ese núcleo de ideas o de conceptos se fue, de alguna manera, embonando como para transformar o ambientar este mundo distópico.

–¿Estos personajes tienen nombre? ¿Ya los has conocido con nombre y apellido?

No con nombre (…), pero hay personajes que son totalmente arquetípicos y hay otros que son muy fantasmagóricos.

–En esta película, que llevas varios años pintando, ¿cuál es la historia, en dónde vamos ahora?

Es muy extraño, porque justo como que la historia empezaba muy agresiva, muy desoladora. A veces medio dramática. Con los años y con el tiempo se ha ido volviendo esperanzadora. Pero también con un contexto muy de renovación.

Algo que empecé a experimentar con el nacimiento de mi hija es cómo esta mentalidad de los niños también a un adulto lo llega a transformar para hacer un diálogo consigo mismo, pero también con el exterior.

Entonces, relacionando como esta onda de la paternidad y el universo que estoy manejando, me he dado cuenta de que no hay que llegar a este límite muy crudo, muy desesperanzador, desolador. Es darle un poco al espectador ciertas preguntas de qué es lo que está haciendo él para que este universo no sea tan crudo.

–¿Estas escenas las ves en sueños, las ves como imágenes en tu cabeza o cómo se te revelan los cuadros de esta película?

Hay algunas escenas que totalmente empezaron de un sueño y hay otras en las que se va transformando en el proceso creativo; o sea, a lo mejor sé dónde quiero que suceda la escena, pero no sé qué personajes va a haber. 

Y con el tiempo, un poco con el azar o con lo que pasa en la vida cotidiana, se van añadiendo cosas.

La forma en la que trabajo es esa: no me delimito solamente a imponer algo al lienzo, al bastidor o al dibujo, sino que también me dejo permear por lo que pasa en mi exterior.

–Un proceso muy daliesco...

Sí, totalmente. Y es algo que también fui aprendiendo con el tiempo, con esta juventud, con esta energía que tienes de que “voy a hacer esto y voy a acabarlo en cierto tiempo y tiene que quedar así y si no queda así lo vuelvo a hacer”. 

Ya lo dejé de hacer porque perdía como que esa prontitud, ese orgánico, esa autenticidad que la misma obra te va dando.

—¿Es una exageración decir que esto es una dimensión paralela y que tú nos traes esas fotos de ese otro mundo?

No, yo creo que sí es totalmente válido. Hay gente que ha venido a este taller de otros lados del mundo y me dicen: “Esto yo lo vi en mi país”. 

Justo había una chava de Alemania que, no recuerdo si su abuelo o su tío ya mayor, le había tocado estar en la Segunda Guerra Mundial, y le decía el tío que en la época cuando se estaba reconstruyendo Berlín su día a día era comer cerca de las ruinas de la casa. 

Y decía: “Verlo aquí ya es como que me cambió el chip totalmente, me cambió la mentalidad”.

—¿Qué sentiste cuando te dijo eso?

Muy raro. Muy, muy raro. Fue como una especie de darte cuenta de que hay un eco que, aunque tú lo hagas de manera a veces distante o desde otro punto de vista, siempre se revela con el otro. 

Este circuito del espectador y del artista se cerró de alguna manera sin avisar.

–Como esta idea del inconsciente colectivo...

Totalmente. Sí, sí, sí. Y también hay otras cosas, con personajes o con animales que me han dicho: “Este era mi perro”. 

No, pues no es tu perro, pero yo me imaginé algo similar. Sí, hay algo muy, muy extraño en eso.

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