Violencia contra la mujer: un problema del sistema

Por Andrea Monserrath

Violencia contra la mujer: un problema del sistema

Mucho se habla sobre la violencia de género y su erradicación, a pesar de esto, algunos creen que la violencia de género no existe y simplemente es “violencia” porque “a los hombres también”.

Mas no es posible comparar la violencia genérica con la violencia de género, su origen, desarrollo y bases son distintas.

La violencia contra las mujeres se puede explicar bajo el concepto de “violencia sistémica”.

Según el filósofo y sociólogo Slavoj Zizek, la violencia sistémica parte de “las consecuencias a menudo catastróficas del funcionamiento homogéneo de nuestros sistemas económico y político”. 

Este tipo de violencia es invisible, puesto que sostiene la normalidad de nivel cero contra lo que percibimos como subjetivamente violento. Está arraigada en el imaginario social a través del encauzamiento y la ideología hegemónica.

Al estar determinada por las estructuras sociales y perpetuada por los aparatos ideológicos del Estado (familia, religión, educación, medios de comunicación), de acuerdo con la teoría de Louis Althusser, pasa desapercibida en la cotidianidad y se encuentra naturalizada, es decir, se da por hecho que es así como funciona el mundo.

La violencia hacia la mujer es parte de la normalidad que se considera el estado “pacífico” del mundo.

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Violencia a través del cuerpo

Una de las formas para violentar a las mujeres es a través del cuerpo. 

El mundo es una estructura patriarcal. Un sistema organizado por hombres que sólo los beneficia, los privilegia y los protege a ellos. Eso convierte a las mujeres en las antagonistas, las Otras dentro de la dicotomía que gobierna al mundo masculino. 

Al nacer mujer o con vagina se te aplican múltiples niveles de violencia que se representan en distintos contextos.

En la familia las mujeres son entrenadas para servir a los hombres, para maternar, para callar y ser bonitas. 

En la escuela se limita la movilidad mediante la falda como prenda obligatoria del uniforme; además de ser incómodo, las pone en riesgo y muchas veces desencadena la primera experiencia de acoso. 

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Razón y Revolución.

La sociedad contemporánea -a través de los medios de comunicación, las leyes, los productos culturales y la religión- expone ante las mujeres roles que “deben” cumplir. Son sometidas a una vida dentro del matrimonio,a dedicarse al hogar y a la crianza.

Las instituciones “naturales” como la familia perpetúan mecanismos de violencia simbólica hacia las mujeres y la sujeción de sus cuerpos. Por ejemplo, la transacción entre padre y pretendiente que implica “la pedida matrimonial”. 

Cuando una mujer se casa, su cuerpo se vuelve propiedad del esposo. El concepto de virginidad lo ejemplifica: el valor de una mujer se define por “guardarse” para el matrimonio.

Según Simone De Beauvoir, en su ensayo El segundo sexo, como no era posible obligar a las mujeres directamente a dar a luz, se les orillaba implícitamente a maternar como una última salida. 

Por medio de las costumbres que le imponen el matrimonio y los roles de géneros, lo cual implica la sujeción de su cuerpo a su esposo y la maternidad. 

Además, se prohíben los anticonceptivos, se criminaliza y condena el aborto, por lo tanto, la única alternativa es parir. 

Se le niega a la mujer verse a sí misma como un ser productivo. Dentro del matrimonio, se convierte en una compañera sexual para el hombre, en una Otra mediante la cual él crece y cumple su rol ante la sociedad.

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Por Andrea Monserrath

Violencia sexual y aborto

Además de la violencia económica, educativa y religiosa; la opresión sexual se apropia de los cuerpos de las mujeres de forma violenta y no consentida, esto, respaldado por la negligencia del Estado. 

Este tipo de violencia no solo se presenta en lo interpersonal, las instituciones jurídicas criminalizan y penalizan un proceso como el aborto.

Según Rita Segato “un embarazo no deseado es idéntico a la experiencia de una violación, porque es tener dentro del cuerpo, en la panza, un pedazo de carne que le repugna a la mujer que lo lleva. No es una persona, no es un niño, no es una ‘almita’”. 

Segato argumenta que la penalización del aborto en una violación del Estado hacia las mujeres, así como un autoritarismo patriarcal.

El nacer y crecer como mujer dentro de esta estructura patriarcal que permite a los hombres (bajo la firma del matrimonio o con la seguridad de la impunidad) tomen a las mujeres para su uso y placer -junto a la moral instaurada por la Iglesia y el Estado que  criminaliza y penaliza el aborto- deja a las mujeres completamente disociadas de sus cuerpos. 

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Por Andrea Monserrath

Feminismo vs Estado

Una de las estrategias del Estado para no atender o incorporar protocolos de acción ante las agresiones contra las mujeres es clasificar la violencia contra las mujeres como un asunto privado (violencia familiar, en pareja, laboral) y no público, así no se hace responsable de resolverlo.

El feminismo supone la toma de conciencia por las mujeres -como grupo o colectivo humano- de la opresión, la dominación y la explotación por parte del colectivo de varones en el seno del patriarcado de las que han sido objeto.

Este las impulsa a la acción por la liberación de su sexo con todas las transformaciones sociales que conlleva. 

Al contraponerse a lo que se considera normal y natural (la violencia contra la mujer, sostenida por el machismo y el patriarcado) se le ve como algo innecesario o exagerado.

Estos últimos años la movilización de mujeres feministas ha logrado importantes avances para que el Estado solucione algunos problemas o incluso los considere como prioridades a resolver.

Por ejemplo, la tipificación del feminicidio en el código penal o leyes que protegen la integridad sexual digital de las mujeres. 

A pesar de estos intentos por solucionar y erradicar la violencia que se ejerce contra mujeres y niñas, el sistema de justicia en México se encuentra lleno de corrupción e impunidad. Dentro de un sistema patriarcal, la vida y bienestar de las mujeres nunca es prioridad.

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