La rama de un árbol

Foto de veeterzy en Pexels

La rama de un árbol

Por Karla Ruiz

La rama de un árbol de más de veinte metros ha detenido el barullo de la ciudad. Los automovilistas quedan atónitos ante el corte de luz. Los niños gritan cinco segundos después del estruendo. Vuelve el ruido. Es de noche y todos quieren llegar a casa. El clima seco enmudece a los hombres. Uno de ellos, de los que forman simbiosis con sus autos, comenta: “Han de ser las brujas esas”. El vigilante del parque y dueño del tiempo de la caseta hace la llamada: “Se cayó el árbol, han de ser las brujas esas otra vez”. “Ese árbol lleva ya unos 58 años pero ahora sangra”, exclamó un trabajador de una hamburguesería muy famosa; hasta anotó ese momento en sus notas de su celular. Redundante. La luz se ha ido y la cerca se dobló. “Es un árbol bastante joven aunque seco”, dijo un abogado. “Pero fueron las brujas”, repitió un niño. La calle se terminó de cerrar y todos estaban muy agotados como para reclamar. “Salen a las 11:11 y ya casi es hora”, dijo un taxista. El abogado decidió bajarse de su carcacha en busca del vigilante del parque. El vigilante estaba a punto de irse, empacando el cuarto de pollo asado con arroz que le quedaba (sin aderezos ni salsas), cerrando su mochilita… “Señor, señor vigilante”, tocaba con sutileza el abogado… “Ya no tengo tiempo, ya me voy, sabe usted muy bien y toda la comunidad que las brujas esas no se ven en las cámaras…” “Pero, ¿cómo nos va a dejar aquí? ¡Necesitamos a un vigilante!” susurró el abogado, un tanto enrojecido. “Necesitan… ¡Con permiso, Octavio! Ah, por cierto, ¡me saluda a Conchita! Se cuida”, dijo finalmente el vigilante. Octavio decidió volver a su auto, refunfuñando “la otra bruja esa”. Sin embargo, a su derecha estaba Esteban, hijo de la joven Karen, quien se asustó y dio un brinco. “¡Vuelve, vuelve!” gritaba mientras le lanzaba unas piedritas que encontró en el piso. Esteban alzó sus patitas y se fue por el borde de la cerca. Mientras tanto Héctor, un profesor de bachillerato, bostezaba en su auto de lujo: “Han de ser esas”, repitió como todos. El taxista intentó esquivar la rama pero su llanta se quedó sin aire después de pasar por un clavo; “¿por qué tiene un clavo esta rama?” dijo el taxista. Los pasajeros se bajaron y comenzaron a murmurar que el vigilante había dicho que pronto llegaría una grúa; a estas horas el vigilante ya está en casa, con la Internet de Paco, tomándose fotitos en Snapchat. Héctor se hizo un café y escuchó hablar a los otros, “ojalá que se apuren”, se dijo así mismo. Finalmente, una brujilla se asomó. Octavio, quien asustó a Esteban y solía asustar a cualquiera con sus pantaloncillos verdes apretujados, exclamó: “Ahí está, ¡es una de esas!” Héctor puso a Bach (Cello Suite No.1) nada serio, nada grave, nada puntual, sólo dejó que el algoritmo eligiera. Catártico. El trabajador de la hamburguesería era uno de los pasajeros del taxi compartido y ante esta bella imagen musical, se sentó al borde de la carretera y comenzó a exclamar: “El que oye otorga y el que habla dictamina.” Algunos lo observaron con ironía, otros lo ignoraron, otros se burlaron para proceder a ignorarlo, pero él seguía pronunciando su oración una y otra vez, como si no tuviese botón de pausa. Acto seguido, un indigente pasó por en medio de la rama: “Es una rama enorme, ¡jua, jua, jua!” reía mientras cagaba en un extremo del árbol. Ante la culminación de la obra, Héctor encendió el enfriador de su auto para no percibir aromas. Así, con un poco de asco, algunas brujas se asomaron nuevamente: “No puede ser, ahí está Héctor con su música y Octavio asustando a Esteban como siempre. Sí, sí, como siempre…” dijeron al mismo tiempo. “Sí, Octavio, somos nosotras, pero no tiramos la rama del árbol, no tenemos tiempo, bastante tenemos con cuidar a tu hija de ti.” Octavio se fue a su carcacha, casnado y disgustado. “Ya vendrá Jimena, la de la grúa”, dijo una bruja. Octavio volteó los ojos a manera de humillación e indignación, casi como por protocolo; por dentro estaba esperanzado porque ya era noche y sólo quería llegar a casa, comer unas alitas de pollo y beber cerveza. “¿Vendrá la bruja de Jimena?”, pensó Héctor. “Sí, Héctor, la bruja de Jimena”, contestó una bruja. “Alguien tiene que hacerlo”, se dijeron entre ellas, “alguien tiene que decirles que no nos interesan sus sentimientos de poder y pertenencia”. “Vaya”, contestó otra, “deberían saber que hay brujas en todos lados, no sólo en el parque y mucho menos para cortar ramas, quién en su juicio o sano o no sano quisiera cortar una rama… ¡con lo que pesan!” “En fin”, dijeron todas, “en fin; vamos por Esteban”. Ausencia de sonido. No habían pasado ni diez minutos cuando llegó Jimena. Sacó su vocero amplificador: “Favor de moverse todos al lado izquierdo para retirar la rama del árbol”. La bruja dijo: “tardaron más tiempo en mover los autos que Jimena en quitar la rama; ah, y de limpiar la mierda del indigente”. El taxista, el abogado, el profesor, los pasajeros, el trabajador de la hamburguesería y el indigente voltearon los ojos. Estaban inusualmente aliviados. Las brujas ya estaban jugando con Esteban, despreocupadas del tema. “No eran las brujas… No, no eran, ¿verdad?” “Verdad”, dijeron todos. “No eran”, repitió el niño, “¿verdad?”

.

Karla Ruiz.- Licenciada en Docencia en Lengua y Literatura por la Universidad Autónoma de Baja California, y egresada de la Maestría en Historia de la misma Universidad. Su interés se centra en los temas sobre teoría de la historia, historia de Tijuana y la transversalidad con el área educativa.

Deja un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *