Moronga

Moronga

La sangre es buena para todo. La sangre nueva cura males, la sangre vieja los empeora. Pero las nuevas generaciones no entienden su belleza. Le temen por zacatones, brutos, idiotas. 

Los días en la cocina empiezan temprano. Tres de la mañana te levantas, te metes una línea, tomas un café y vas al mercado. Ese lugar que huele a todas las cosas hermosas que pueden existir en el mundo: vísceras, pescado, sangre… Todos caminan lentamente, esperando encontrar lo mejor que la vida tiene para ofrecer.

Un teléfono suena, una pantalla brilla con el odio de dos bancos, tres esposas, dos hijas y un vendedor de azúcar. 

El rastro está repleto, no con gente sino de ganchos y vacas colgadas esperando que alguien las salve en nombre de la humanidad o las cocine a la perfección. Entre las vísceras y las pieles expandidas por la gravedad sale Chass.

—¿Tienes lo que te pedí? —su barba desaliñada se mueve al ritmo de sus palabras.

Del bolsillo sacas una bolsa de plástico llena de frasquitos fascinantes, polvos cuestionables y una ensalada de hojas verdes, rojas y amarillas.

—Lo suficiente como para matar un toro —respondes. 

—Pero no lo suficiente para matarme a mí —dice sin dejar de sonreír con los dientes podridos.

Chass se esconde detrás de las vacas y sale a la luz para revelar un largo pedazo de metal, brillante como la luna y excesivamente filoso. 

—Tienes diez minutos —aclara mientras apunta hacia uno de los cuerpos colgantes. 

Lo que alguna vez fue una vaca se columpia en su propio trasero. Una pequeña cantidad de sangre le sale por la boca, más parecida a los sesos que al viscoso elixir de la vida. Bajo su cabeza hay una cubeta. El cuchillo entra por la yugular y antes de que el cuerpo entre en espasmos dignos de discoteca, sale por el otro lado. La piel se divide, se retuerce y se esclarece hasta adquirir un tono negro. La cascada de jugos es brutalmente hermosa: los colores cobrizos se transforman en tonalidades carmesí, girando y buscando alguna manera de escapar. Tu dedo interrumpe el camino de la sangre para dirigirse a tu boca. 

Sabe a cobre, a muerte, a miedo, a chillidos, a mugidos, a pitidos, a metal, a lágrimas verdes, a marchas, a protestas y a dulce vanidad. Zacatones, brutos, idiotas; a esta madre le falta pimienta.

—No la mataste con suficiente amor. Puedo saborear la testosterona, la trataste como a tu ex esposa —reclamas a Chass. 

—Pues la próxima vez, mátala tú —su tono seco delata el poco interés que el mandamás del rastro tiene en esta conversación.

En el restaurante, horas después, continúan viajando las palabras pronunciadas en el rastro entre gritos de “¡Orden!” y “¡Sí, chef!” 

Otro paquete misterioso sale a relucir de tu bata de cocina. Antes de que una cuchara minúscula pueda tocar el polvo, retira intempestivamente la bolsita de tus manos agitadas. 

—Hoy no. Hoy tienes que cocinar bien, sin escupir en la moronga —demanda. 

Mil demonios se juntan en las cabezas cubiertas por redes para pescados diminutos y sombreros blancos robados a los franceses con la misma desdicha que se robaron su cocina. 

Zacatón, bruto, idiota: lo único que hace buena la cocina es la combinación de especias y jugos, males y bienes, pasiones y orgasmos, espasmos brutales, fugaces, mordaces. Tu mano tiembla, tus piernas sudan y tu sangre se coagula.  

Algo truena en el horizonte. Los ecos corren desde la cocina hasta la calle y de ahí a las alcantarillas, que empiezan a teñirse de carmesí oscuro. 

—Chef, la olla con la sangre se resbaló, ¿qué hacemos? 

Un rostro se postra sobre la olla para observar el gris, ligeramente manchado de negro, donde los líquidos terrenales saltaron en búsqueda de una hermosa reconciliación con los otros jugos malditos del sistema de drenajes.

Los tambores suenan, las palabras faltan y los polvos también.

—La próxima vez, mata tú a la vaca —repite. 

El cuchillo entra y sale de la yugular a la carne. La piel se divide, los músculos bailan y los jugos caen directo en la olla.

Zacatones, brutos, idiotas. Ahora sí hay suficiente para la moronga.

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