Tiempo al tiempo

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Tiempo al tiempo

Por Luis Elías Vázquez

Forjé una máquina del tiempo con una maniobra austera. El invento consistió en una hélice sistemática conformada por un clip, un hueso de aguacate y un foco fundido. Mi objetivo inicial era crear un diccionario capaz de interpretar el silencio de Dios. Sin embargo, la manufactura de la obra se tradujo en la potencialidad de convertirme en un ser inmortal. 

El primer viaje fue sencillo: dos segundos atrás. Para mi mala fortuna, no tomé en cuenta el caso singular que me afecta desde la infancia. Un sistema de educación deficiente, sumado a un cerebro perceptivo de otras dimensiones, desembocó en mi desconocimiento sobre la expresión decimal. Era un simple caso de dos fracciones de distancia; no obstante, la situación resultó desastrosa. Dos segundos traducidos al lenguaje de la máquina (inscritos en jeroglíficos modernos) me remitieron al ayer de hace doscientos mil millones de años. 

La antesala al universo material es un concepto tan complejo que su aterrizaje- en palabras o signos de un lenguaje primitivo como el español o cualquier lengua déspota- es irrealizable. Para facilitar las cosas, propondré al origen de lo absoluto como un lienzo en blanco. Lo que se aloja al principio del mundo es una totalidad abstraída en un punto insignificante. En este nudo yace lo inexplicable: el universo, su creación y destrucción, lo absoluto y lo invisible, el escritor y el narrador. El núcleo no existe en un lugar específico. Habita simultáneamente como suma, resta, división y multiplicación de infinitos; como raíz cuadrada, potencia, derivación e integración de continuos y sucesiones; como fórmulas con las que pretendemos entender aquello que no debe ser entendido. Uno se encuentra en él. Al mismo tiempo, él se encuentra en uno. También es posible observarlo, pero la noción de su presencia se traslada a un plano en el que se puede escuchar su vacío. Uno flota sobre el todo y sobre la nada, sobre aquella palabra cuya capacidad de ser inventada pertenece al silencio.

El viaje a lo eterno, por más desconcertante que luzca, es cálido. En aquel bosque de la anarquía y paz coexisto con versiones infinitas de usted y de mí mismo. Aquella lucha melancólica por regresar a la masa primigenia se ve moldeada en nuestra unión. Por un momento y para siempre, conozco su dolor y usted el mío. Nos consolamos mutuamente en un abrazo cuántico, superpuesto por ventanas de sufrimiento. A lo largo de su vida, usted jamás reconocerá este encuentro, ya que trasciende en un reino inaccesible para lo empírico. Me hallo en una aparente virtualidad de su tiempo en la que habito todos los estados. Su nacimiento, su infancia, su adultez, su muerte. Mi nacimiento, mi infancia, mi adultez, mi muerte. Nacimiento, infancia, adultez, muerte. Tenga certeza de que si usted, en la noche más incomprensible de su vida, lanza una mirada a la estrella menos luminosa del firmamento, ella responderá a cualquier duda que usted cultive. 

Susurro este mensaje al tiempo con la esperanza de que llegue a su destino. Confío en que alcanzará a todo ser, sin importar su raza, materia, estado, magnitud, unidad, localización o cronología. El medio por el que lo envío permite ser traducido a cualquier configuración para su entendimiento completo. Viajará a través de eones, perdiéndose en vacíos incomprensibles. Finalmente, arribará a un lugar prácticamente desconocido para el universo. Ese lugar es usted. Usted, cuya misión dictada por su existencia e inherente a su ser es armar ese rompecabezas que llamamos “yo”.

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Luis Elías Vázquez: Me crié con la curiosidad de conocer lo que habita afuera de lo conocido. Curso el primer año de la Licenciatura en Comunicación.

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