De la cotidianidad

Por Enrique Martínez

De la cotidianidad

Por Sofia Jiménez Zatarain

I

Me hace pensar en la cercanía. Aquella que no se crea en el espacio, sino en el tiempo. El tiempo compartido por ambos lados, el tiempo que pasamos en voces y risas, en penas y tristezas, en discusiones que no tienen final y eventualmente terminan donde empezamos. Ha pasado un largo rato desde la última vez que compartimos esa cercanía. 

La delgada línea entre nosotros me parece irónica, una burla. Te siento tan cerca que soy capaz de olerte. Estamos juntos sin compartir el suelo. Me escuchas y te escucho, creamos una conexión que nunca vamos a romper. Mi abuela alguna vez me dijo que el amor debe sentirse en todo momento, que es como un halo que rodea a los enamorados y si no se siente a todas horas, no hemos elegido bien.  

Cambio de mano, aún inmersa en tu voz y las historias que no te cansas de contarme ni yo de escuchar. Por la ventana el sol comienza a ocultarse y caigo en cuenta de la cantidad de horas que hemos pasado juntos, casi de la mano. Me despides con una caricia que no desvanece. Tu voz se apaga; solo quedamos la estática y yo. 

II

Me abraza entre su calidez sin atreverse a soltarme. Le digo que debo salir porque la noche se ha acabado. Pero me cuesta dejarla. Tengo miedo de la corriente helada que invadirá mi cuerpo al salir. 

Lejano a nosotras suena el cantar de las aves. Busco mi lugar para aferrarme con mayor fuerza; no quiero salir. Me hundo en ella, en su profundo aroma a hogar, en su protección, en su seno. Callada regresa mi abrazo, envolviéndome como si quisiera fundir mi piel en su centro. 

Escucho las campanadas que marcan la hora, se me ha hecho tarde. Nada me cuesta tanto como abandonarla. Pero he salido, he soportado el frío y he de encontrarla de nuevo por la noche. Mi prisa es tanta que me olvido de atenderla y cubrirla de nuevo, dejándola en espera de ser dueña de mi cuerpo una vez más. 

III

Quisiera que el fondo fuera infinito, que entre mis manos pudiera sostenerle hasta el final del día, sin preocuparme por el vacío que poco a poco le voy causando. Entre más entra en mí, menos queda de ella. La caliento con mis labios mientras ella me calienta con lo que alberga en su interior. 

La vacío y la vuelvo a llenar. A veces la dejo olvidada, desatendida por los quehaceres diarios. Y ella se queda esperando a que vuelva a tomarla en mis manos, que regrese para continuar con nuestra intimidad. Pero cuando regreso, está fría. Entonces la vacío y la vuelvo a llenar. 

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Sofia Jiménez Zatarain. Egresada de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación y he encontrado mi voz en la autoficción.

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