Cuestión de tiempo

Foto de Ralph Gnonlonfoun en Pexels

Cuestión de tiempo

Por Diana Brubeck

Las abejas fueron las primeras en morir. Mallory Sawyer las encontró como una capa de nieve amarilla y negra, pero no eran las abejas de la granja de su familia, de donde sacaban la miel para llevar a la moderna ciudad Sione. No, aquellos pequeños cadáveres pertenecían a las abejas salvajes, aquellas que eran libres para polinizar los territorios aún fértiles.

Los halcones fueron los segundos en morir. Benedict Glasgow vio caer al suyo una mañana, mientras el ave cuidaba que drones de otras ciudades con tecnología tan avanzada como la de Sione, no invadieran su propiedad. Era una medida implementada por los pocos que aún vivían en el campo, sin estar rodeados de enormes edificios llenos de luces y proyectores holográficos por todas partes. Después fueron los cuervos, las palomas y los colibríes; sucumbieron gatos, perros y caballos; guardaron silencio las vacas, pollos y becerros; cayeron moscas, murciélagos, insectos, lagartos…

Así fue como nacieron predicadores del apocalipsis, videntes y profetas del final del mundo. Sione cerró sus fronteras junto a las ciudades de Herai, Lande, Sifen y Candria. Las investigaciones se dispararon tanto como la histeria y esa nube de muerte invisible que olía a flores y pasto cortado.

Uno a uno comenzaron a caer los humanos. Un día se les veía por la calle y después estaban en cuarentena hasta llegar al borde de la muerte. Pero unos minutos después de que su corazón dejara de latir, sus ojos se abrían de nuevo porque todavía quedaba algo de vida en ellos, como las abejas que vio Mallory Sawyer o el halcón de Benedict Glasgow. Se incrementó la producción de armas y municiones, se construyeron altas murallas alrededor de todas las ciudades y se pusieron de moda los cubre bocas con filtro purificador de aire y las máscaras de gas.

No había lugar donde se pudiera estar realmente a salvo. Incluso en las casas con los mejores sistemas de seguridad, siempre surgían infectados violentos pero sobre todo extremadamente hambrientos. Buscaban carne fresca, sangre, vísceras y órganos humanos porque los suyos se descomponen por dentro; tenían un aspecto exterior terrible y decadente. Olían a putrefacción y peligro, con ojos inyectados en sangre oscura que se volvían locos cuando encontraban una persona sana. Muchas víctimas encontraban su perdición en un baño de sangre y gritos, pero tal vez eso era preferible a contraer el virus y convertirse en canibales locos. 

Sí, lo denominaron virus aunque no sabían de dónde provenía. Al principio, creían que se transmitía por intercambio de fluidos y que solo era cuestión de tiempo para encontrar una cura. Eran promesas falsas, con sabor a desgracia y desesperación, porque la comida se acababa, el aire era pestilente y las calles estaban llenas de seres que solo podían quedar fuera de combate con un tiro en los sesos. Era cuestión de tiempo para que descubrieran que el virus estaba en el oxígeno que respiraban, pero ningún humano en ninguna ciudad de grandes pantallas y carreteras futuristas llegó a ese día.

Hansel Stacker se quitó la máscara de gas que únicamente prolongaba lo inevitable. Tirado en el sofá pequeño de un apartamento abandonado, comenzó a inspirar hondo para recibir con los brazos abiertos el final de su vida. No tenía las agallas para suicidarse ni las municiones para ello, pero sobre todo, no tenía nada que perder. Era cuestión de tiempo para que se acabara el mundo: lo supo desde que vio la noticia sobre las abejas en el comunicador holográfico de su trabajo.

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Diana Brubeck. Lic. en Lenguas Extranjeras especializada en traducción. Autora de narraciones y cuentos publicados en antologías, revistas y blogs de Durango y Zacatecas desde el 2008, asimismo de una novela de ciencia ficción llamada Citizen/Soldier. Su género preferido para escribir y leer la ciencia ficción.

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