El Baúl de la Tía Alicia: “DE TURISTA POR CHILANGOLANDIA (O CHINGONALANDIA)”

Fotografía: @depresion.tropical

El Baúl de la Tía Alicia: “DE TURISTA POR CHILANGOLANDIA (O CHINGONALANDIA)”

(Primera de dos partes)

Por Alicia Acuña

Agosto 2018. Llegamos al aeropuerto de la ciudad de Tijuana a tiempo mis dos sobrinas, de 9 y 10 años respectivamente, mi hermano, su esposa y yo. El viajar con las niñas le agrega un gusto extra pues hasta que cada una de ellas entró a la escuela a los 6 años, fui su niñera y les tengo un amor muy especial, el cual es recíproco. 

Hacemos la fila para documentar y pasamos a la sala de espera para abordar. Mi cuñada compra el desayuno para todos. El café ya me hacía falta y los burritos, contra toda creencia de que la comida del aeropuerto es mala, están bastante bien. Yo estoy muy emocionada, pues hace tiempo que no viajo, nuestro destino es CDMX, lo que hace unos años era simplemente el D.F. 

No habíamos terminado aún los alimentos cuando anunciaron por los altavoces que el vuelo tenía un retraso de 3 horas. No explican por qué, solo que está demorado. Hace buen clima, medito yo, tratando de adivinar el motivo de tanto retraso, renegamos y pensamos que será difícil para las niñas esperar sin nada que hacer, ya que a este punto no podemos salir de ahí. 

Ciudad de México
Fotografía: @depresion.tropical

Terminamos el desayuno y nos instalamos en los duros asientos de la sala de espera y empezamos a ver que la gente decide recostarse a lo largo de dos o tres asientos, cargar celulares en las tomas eléctricas que afortunadamente tiene para ello el aeropuerto, otros pasajeros más se dirigen al área de comida, todos con la esperanza que sea menos tiempo el que debamos esperar. 

Miranda, la mayor de las niñas, se empieza a inquietar, está temerosa de subirse al avión y la larga espera no ayuda. Los tres adultos nos turnamos para distraerla. Como en la sala hay mucha gente en espera de 3 vuelos distintos, hay cierta  movilidad. De repente mi hermano, que es buen fisonomista, nos hace notar la presencia de Gabriel, un personaje que en su época de adolescente perteneció al grupo juvenil Los Chamos, competencia venezolana de la famosa agrupación Menudo.

Mi hermano nos incita a su esposa y a mí a tomarnos fotos con él, y el ex chamo, bastante amable se deja admirar y fotografiar, que penita pienso, pero también me digo: ¿por qué no? 

Las niñas quieren ir al baño y aprovechamos en recorrer las pocas tiendas que hay en ese espacio para matar el tiempo. Observamos el despegue y el aterrizaje de aviones, cómo avientan el equipaje y cómo estas naves son una maravilla de ingeniería, luego de nuevo a los asientos, que a medida que pasa el tiempo se sienten más duros e incómodos.

Ciudad de México
Fotografía: @depresion.tropical

Un rato después resulta que también mi hermano se encuentra a un futbolista profesional y se toma la clásica fotografía. Otros personajes conocidos andan por ahí, viene entonces a mi memoria que el aeropuerto de Tijuana es Internacional y no cualquier aeropuerto, hace unos años lo remodelaron y quedó fantástico.

Tras casi cuatro horas de espera abordamos la aeronave y mientras mi sobrina pequeña Alexa está emocionada, Miranda sigue nerviosa, ya instaladas dentro de la aeronave mi cuñada le coloca unos audífonos y asunto arreglado. El vuelo transcurre sin ninguna novedad.

Durante mi niñez y adolescencia viajé cada verano a la capital del país. Mi madre, todos mis hermanos y yo pasábamos allá todas las vacaciones escolares de verano. Ahora después de muchos años la voy a ver con otros ojos, con los de una adulta emocionada por salir de la rutina y reencontrarse con esa vieja amistad de tantos veranos que era para mí la ciudad.

Ciudad de México
Fotografía: @depresion.tropical

Llegamos por la tarde noche, esperamos a que llegaran a recogernos y en esa semana nos dimos cuenta de que cuando nos decían: “llegó en 15 minutos” eran en realidad 30 o “el museo está a 40 minutos” podían ser hasta dos horas. Y tal vez en tiempo real así lo era, pero la inmensa cantidad de vehículos transitando lo hace materialmente imposible.

Ahí mismo en el carro donde nos recogieron, decidimos ir a visitar a una parte de la familia. La pasamos de maravilla reencontrándonos con primos y sobrinos, se nos brindó una cena y a manera de sorpresa le compraron un pastel a mi hermano, pues ese día cumplía años.

Realmente me encanta ver y convivir con una parte de mi familia chilanga. A la mañana siguiente, después de desayunar en el típico mercadillo, nos subimos al metro para ir al Centro Histórico, el cual no quedaba lejos desde donde estábamos. Obvio íbamos con un poco de temor pues es del dominio público los asaltos a plena luz del día y más si te ven fuereño. 

Ciudad de México
Fotografía: @depresion.tropical

Pero no, el tiempo que duraron las vacaciones no vimos nada anormal, ni mucho menos una agresión hacia nosotros. A los días estábamos menos aprensivos pero aún cautelosos.  

El Centro Histórico es una maravilla, no en balde le llaman la ciudad de los palacios. Empezamos por entrar al Palacio de Bellas Artes y tuvimos la suerte de poder admirar la cortina-telón, que data de 1911, encargada por el Presidente Porfirio Díaz al arquitecto Adamo Boari para conmemorar el centenario de la Independencia.

Dicha cortina de cristal de 22 toneladas de peso y con un paisaje de las cumbres nevadas del Valle México no tiene parangón. Y digo suerte porque ya poco se muestra a turistas y visitantes según nos explicaron entre los detalles de la historia del teatro.

Ciudad de México
Fotografía: @depresion.tropical

Dimos una vuelta por la Alameda Central, para luego caminar y ver iglesias y museos sin decidirnos a cuáles entrar. Yo quería visitar el Museo de la Tolerancia, pero me convencieron de que lo visitara después, cuando mi hermano y mi cuñada llevaran a las niñas a Chapultepec. Pero ya no hubo oportunidad de regresar. 

En dicha caminata mi hermano se topó con Héctor Miguel Celada, ex portero del Cruz Azul y tras saludarlo obvio se tomó una fotografía junto a él. Quizá para los habitantes de la ciudad sea común toparse con personalidades como artistas y deportistas, pero para los que no vivimos ahí, vaya que es un momento interesante.

Nuestro andar nos llevó al barrio chino y también visitamos algunas librerías. Me impactó que el mismo libro infantil que en Tijuana se vende en $150 pesos lo encontrara en solo $50, por eso compré algunos ejemplares de libros infantiles, para regalar a mis sobrinos y un par para mí. Hubiera querido llevarme más, pero no era tanto mi presupuesto y apenas era el segundo día del viaje. Más tarde nos encaminamos a las ruinas de Templo Mayor, los vendedores ambulantes nos ofrecieron una tostada típica y nos pareció muy rica. 

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Ciudad de México
Fotografía: @depresion.tropical

Observar la majestuosidad todavía semienterrada de lo que habitaron nuestros antepasados pone la piel chinita. Más tarde llegamos al Palacio Nacional y seguimos rumbo a la Iglesia Metropolitana y otras más que encontramos en el área y que dan cuenta del arte colonial y churrigueresco, que se desarrolló en templos y edificios tras la conquista española. 

Avanzamos y ya no recuerdo si en este orden, pero visitamos el pequeño museo de la caricatura que estaba en remodelación y saludé a mi vieja amiga Borola Tacuche, nos tomamos fotos en el exterior de la casa de los azulejos que data del siglo XVI, y cuya fachada está totalmente recubierta de azulejos de Talavera con sus balcones de herrería y que en el presente la vieja casona es utilizada como una tienda y restaurante.

Caminamos por avenidas peatonales y saboreamos unos tlacoyos, ahí en plena calle, luego  encontramos un tianguis de libros cuyos precios estaban igual que las librerías.

Ciudad de México
Fotografía: @depresion.tropical

Un conjunto callejero de rock, en el cual la edad de sus integrantes era de 45 años para arriba, nos hace detenernos, suenan bastante bien y tras un intercambio de palabras con mi  hermano, que es baterista, lo invitan a aventarse un palomazo. “Satisfaction” de los Stones es la pieza elegida y la gente ahí reunida les da nutridos aplausos, tras presentar a mi hermano y a nosotros como Tijuanenses, el aplauso vuelve a ser sonoro. Surrealista la escena, un tanto cohibidos damos gracias y nos despedimos. 

Llegamos al edificio de Correos, que es un edificio verdaderamente hermoso, que se conserva casi intacto. Vemos también la fachada de la casa donde creció la esposa de  Porfirio Díaz y algunos otros edificios más. Cenamos en un restaurante típico de garnachas adornado estilo mexicano y nos vamos a descansar.

Continuamos en breve, estimado lector.

2 Comments

  • Lo que se hereda no se hurta.
    Felicidades a la autora por tan entretenidos relatos. Exito en este noble oficio de la escritura.

  • Pues me es muy grato leerte hermana y saber de los talentos heredados de nuestro padre, que sin duda algunas los tenemos como en lo que a mi respecta el dibujo y demuestra madre la parte manual feliz de saber que tu publicas tus escritos para que podamos leerlos felicidades .

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