El Tlachiquero: por amor al pulque

El Tlachiquero: por amor al pulque

Por Liz Narváez

Antes de que el sol estuviera en su justo horizonte, vislumbré entre los cerros lejanos, apenas iluminaba la mañana. Se escuchó el trotar de lo que pudiesen ser unos caballos, es don Leandro llegando a su tlatel ubicado a las faldas del enigmático Teponaztle.

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Don Lenadro es un hombre de unos 50 años, fuerte, de tez morena clara, facciones gruesas, ojos cafés claros, bigote. Hombre del campo; porta su sombrero beige, casi gris, una camisa roja que asemeja tela gruesa de mezclilla o manta, pantalones vaqueros. La fiel representación en el imaginario colectivo de un señor de la tierra.

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Los tlateles que componen la comunidad de los Reyes Nopal, en Tepetlaoxtoc, Estado de México, son unos montículos de terreno que presentan cierta deformación, no son planos y son difíciles de trabajar en ellos, sobresalen elevaciones de tierra como si fuesen pequeños cerros.

Son adecuados para plantar nopales, magueyes y huizaches, en estos lugares semiáridos logran darse ciertas especies de suculentas. Además, es común encontrar liebres, techalotes, víboras, tlacuaches y aguilillas que rondan los cielos buscando alimento.

Don Leandro // Foto: Liz Narváez

Los tlateles de don Leandro están sobre melgas en tiempo de sequía. En otoño e invierno sobresalen unos impetuosos magueyes, tres hileras de ellos figuran en el pequeño terreno.

El majestuoso verde maguey irradia con los rayos del sol. Frente a este terreno, pasando la vereda tiene otro tlatel, un poco más grande de la misma manera sobre melgas.

Cuando es temporada de siembra los magueyes se esconden entre las verdosas y llameantes milpas que imponen suntuosidad, pero en tiempo de barbecha y pilones los magueyes figuran con su verde cálido entre el pálido paje. 

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Don Leandro llega acompañado de su mula y su yegua, con su sombrero beige de campesino, enmugrecido por el quehacer que implica la tierra. Fresco y sonriente se dirige a su primer tlatel, a supervisar su terreno, y sus magueyes. Amarra a sus animales en la cerca para ir a revisar cada uno de sus magueyes y decidir cuál ya está listo para raspar.

Levanta la piedra que cubre la penca que sirve como protección al corazón del maguey, después de quitarla se fija si en el fondo hay líquido, si lo hay, lo extrae pero no con un ocote, pues los de ahora son muy frágiles y se rompen fácilmente dice él, – me hubieses dicho que ibas a visitarme para traer uno, es que lo cuido porque de los que tengo ya no hay-.

 Entonces, solo lleva consigo una botella retornable de Coca-Cola de 2 litros y medio perforada con una manguera. Mete la botella y empieza a aspirar. La botella se va llenado con un líquido levemente amielado el cual vacía en un garrafón.

Luego gime, raspa la caverna del maguey. Pobres magueyes, tan bellos y solemnes que se ven a la luz del sol, pero cuando uno se acerca a ellos se ve lo deteriorados que se ponen, Amado Nervo diría: ¡Cómo fingen los nobles magueyes, a los rayos del sol tropical, misteriosas coronas de reyes, colosos vencidos en pugna mortal!.

Me asomo a una jícara que un maguey desvanecido ha dejado, está completamente seco, ha dado su vida para proveer un rico manjar, su corazón es enorme, me pregunto, ¿cuánto líquido habrá dado?

Se dice que una planta de maguey puede llegar a producir hasta 500 litros de aguamiel a lo largo de su vida.

Don Leandro me platica que el solo saca 20 litros diarios de su trabajo por la mañana y por la tarde, raspa alrededor de ocho magueyes, pues hay gente maldosa que se los viene a maltratar o vienen buscando chinicuiles y eso hace que la vida del maguey se acorte maltratando la planta.

Tlachiquero // Foto: Liz Narváez

Don Leandro es de los últimos tlachiqueros que sobreviven en la que un día fuera una de las tierras enardecientes de magueyes, nopales y maíz en el  altiplano central: Tepetlaoxtoc, Estado de México, perteneciente al triángulo del pulque.

Cuando es tiempo de siembra además de cuidar y proveer a sus magueyes siembra maíz, frijol y calabaza en sistema de melgas. El ara la tierra a la manera antigua, con su yunta.

Día y tarde, ese es el trabajo de un tlachiquero, dícese de aquella persona que raspa, junta el agua que emana del maguey o agave salmiana; es su misión buscar el sustento para sus días y lo hace trabajando a través del campo. 

Cuando el sol rumora que se va y queda su ígneo resplandor anunciando la noche, a don Leandro se le ve alejarse montado en su mula, él dice -no traigo burro porque, ¡ya tampoco hay burritos, se están acabando!-.

Pareciera un ser mítico del que ya no hay, llega por las mañanas antes de que el sol aparezca y se va por las tardes cuando el sol se guarda, llevando consigo una garrafa para después juntar con la semilla en su tinaca y preparar el octli: la bebida de los dioses.

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