No poder mirar más allá

No poder mirar más allá

Era poco más de la media noche, solo escuchaba el susurro del ventilador de la computadora mientras observo The Office en ella por novena ocasión y como un cereal. Por consecuencia del día, de la curiosidad inconsciente e incontrolable, o quizá porque me abducen unos extraterrestres, comienzo a pensar en la frontera.

Por mucho tiempo tuve el privilegio de tener una visa, claro, mis padres la pagaban, solíamos ir a las ventas de garage y a visitar a mis familiares residentes del país de las hamburguesas con queso. 

Pero luego llegó mi maldición de envejecer, y ahora tengo que pagar la visa y el pasaporte por mi propia cuenta y no ha sido sencillo reunir el dinero para hacerlo.

No puedo viajar, me dije, no tengo pasaporte vigente. No puedo cruzar la frontera, pensé, no tengo visa vigente.

Entonces me sentí atrapado, mi libertad se limita a México, por mi economía realmente a Tijuana, –para ser sinceros sólo a la parte Noroeste de Tijuana–.

De vez en cuando paso por la vía rápida rumbo a playas o rumbo a Zona Río, y detrás del muro metálico alcanzo a vislumbrar lo que hace dos años podía pisar, todo ese terreno que no aproveché como pude.

Lamenté no haber visitado museos, no haber ido a conciertos o a los parques de diversiones, no comer suficientes hamburguesas de un dólar –no recuerdo el precio, pero eran de pechuga spicy–, conocí muy tarde a buenas amistades que sueñan de ese lado.

Por un momento pienso que nunca volveré a pisar gringoland, pero en mi interior crece el optimismo, “puedo juntar”, pienso, “trabajaré más duro, gastaré menos dinero, y lo haré”. Pero al instante recuerdo la burocracia.

Paso por la plaza Pavilión, donde está la Secretaría de Relaciones Exteriores y solo veo gente en una larga fila. 

Pero también recuerdo la burocracia gringa, esa que te acusa de ser criminal antes de probarlo, esa que cree que migrar no es un derecho humano. El optimismo, esos pequeños rayos de sol que tardan ocho minutos en llegar a este punto de la tierra cada amanecer, se convierten en Ultravioleta y le dan cáncer de piel de mi esperanza.

Entonces pienso, para qué cruzar, para que un migra me maltrate con preguntas mientras mi ansiedad delata los crímenes que ni siquiera pienso en cometer. No. Para qué cruzar. Para hacer filas infinitamente pesadas. No. Pa’que.

Pero miro el bordo, miro más allá, la bella bahía de coronado, el puente donde sólo estuve una vez. De nuevo me siento atrapado. Por un momento quisiera ser agua del río, de esa contaminada por empresas gringas, y llegar hasta las costas que resguardan el flanco derecho del Friendship Park, esas mismas aguas de las que los mismos gringos se quejan por la contaminación.

Observo el muro y recuerdo la migración de las etnias nativas, la de muchos mamíferos, que a partir de la imposición del aquí y del allá, no pueden viajar. Sólo el agua, el agua contaminada, puede cruzar de sur a norte sin papeles. 

Pero no soy agua, soy un tijuanense que no puede cruzar. Un tijuanense que poco puede viajar incluso por su ciudad. Un tijuanense como muchos. Un tijuanense más. Un tijuanense que no puede mirar más allá del muro.

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