La historia de Manuelito, SOBREVIVIENTE de la MASACRE en Acteal

La historia de Manuelito, SOBREVIVIENTE de la MASACRE en Acteal

Nos encontrábamos esperando el permiso para realizar nuestra labor cuando lo vimos, apareció a la distancia, bajaba de una loma con su traje tradicional blanco; llamó nuestra atención precisamente por eso, comentamos que era el primer joven que veíamos aún con su vestimenta tradicional, él llegó a la explanada y en cuanto nos vio sentados se dirigió a nosotros”.

Por: Rogelio Rueda Segura // D-FACTO
Portada por Rogelio Rueda Segura

Manuel Vázquez Luna se acercó a nosotros. Éramos un pequeño equipo de tres personas, Karla Garcés, Manuel Valdivia y yo, que visitábamos la comunidad indígena de Acteal, en Chiapas, para entrevistar a Zenaida Pérez Luna, -ella era entonces una niña de escasos tres años cuando hubo una masacre de indígenas en su pequeño pueblo y una bala le atravesó por un costado su cráneo y se desangró por más de cuatro horas pero logró sobrevivir-. Llegamos a la explanada central, nos reportamos ante las autoridades en turno y nos dijeron que debíamos esperar un rato para que la Mesa directiva de “Las Abejas nos recibiera. Era el año 2005.

La masacre en Acteal, el 22 de diciembre de 1997, fue un trágico acontecimiento que convulsionó al país por el asesinato de 45 indígenas, -fueron 21 mujeres, 15 menores en su mayoría niñas y 9 hombres, todos de la etnia tzotzil-, pero también puso de manifiesto no sólo las terribles condiciones de vida empobrecida de los pueblos en Chiapas, sino sobre todo, la situación de amenaza constante por la presencia de grupos armados conocidos como paramilitares, que rodeaban y acosaban a los pueblos que simpatizaban con las demandas políticas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

Los paramilitares son grupos armados y con entrenamiento militar, pero no son soldados del ejército; son individuos contratados por líderes que actúan apoyados y coordinados por personas o grupos con poder político o económico; estos paramilitares rodearon al pueblo de Acteal e iniciaron disparos contra los indígenas que se encontraban dentro de su pequeña ermita, -un cuarto de aproximadamente ocho metros de largo por cuatro de ancho y construido con tablas-, en ayuno y oración por la paz en la región y el rechazo a las acciones de violencia entre hermanos indígenas.

Foto: Rogelio Rueda Segura

Nuestro equipo tenía la intención de hacer un documental acerca de la vida que llevaban quienes eran sobrevivientes de la masacre y a ocho años de distancia, queríamos saber qué había pasado con ellos, quiénes eran y cómo vivían, si habían sanado o tenían secuelas, si recibían alguna ayuda del estado y en general, cuál era su situación.

Nos encontrábamos esperando el permiso para realizar nuestra labor cuando lo vimos, apareció a la distancia, bajaba de una loma con su traje tradicional blanco; llamó nuestra atención precisamente por eso, comentamos que era el primer joven que veíamos aún con su vestimenta tradicional, él llegó a la explanada y en cuanto nos vio sentados se dirigió a nosotros. Traía en el cuello un collar con una estrella de metal y en la mano muchas pulseras de colores, pensamos que debía tener 15 años.

Foto: Rogelio Rueda Segura

Manuelito, como le llamaríamos posteriormente, hablaba pausado y reaccionaba un poco lento, pero se presentó con nosotros muy atento y hasta divertido. Intercambiamos algunos comentarios sin importancia, y le preguntamos por Zenaida, se ofreció a llevarnos a su casa. Sólo esperamos la autorización de la mesa directiva.

Mientras hacíamos tiempo, nos sorprendió saludándonos en varios idiomas: francés, inglés, alemán, portugués, eslovaco, japonés y algunos más que se me escapan ahora; sonreíamos divertidos al escucharlo, hizo lo mismo con los números, al repetirlos de memoria en todos esos idiomas que le enseñaron diferentes amigos del mundo al visitar Acteal y conocerlo a él.

Cuando nos preguntó por qué queríamos platicar con Zenaida, le comentamos que le haríamos una entrevista dado que ella era un ejemplo de vida al haber sobrevivido a la masacre tras la difícil situación que vivió; fue entonces que nos dijo que él mismo era sobreviviente también, que habían muerto en ese trágico día cinco de sus hermanas, su mamá y su padre, quien también era el diácono y a quien vio morir esa mañana cuando celebraba una misa por la paz. Su padre no quiso correr, llamó a la calma a los presentes y desde la puerta pidió a quienes disparaban que no lo hicieran, que ellos eran gente de paz y estaba en oración. Ahí fue asesinado. 

Mientras caminábamos hacia la casa de Zenaida y platicábamos con Manuelito, descubríamos que él era una fuente de información tan extraordinaria como triste y desoladora; poco a poco, palabra tras palabra, nos dábamos cuenta que estábamos frente a un joven que no sólo “estuvo ahí”, sino que era una persona que podía recordar cada momento de los increíbles sucesos que quitaron la vida a 45 personas, cuatro de las mujeres estaban embarazadas. Manuelito estuvo dispuesto a acompañarnos y apoyarnos en todo lo que se nos ofreciera, emocionado por responder nuestras preguntas.

Foto: Rogelio Rueda Segura

No sólo lo entrevistamos, compartió con nosotros esa estancia por los días que trabajamos, comía con nosotros, llegaba a nuestro dormitorio muy temprano y entre canciones, adivinanzas y actos de magia con sus pulseras, pasaba las tardes platicando todo lo que pensaba de su comunidad, de él mismo, de cómo salvó su vida escondido entre los cuerpos de los alcanzados por las balas, de cómo alcanzo a ver a sus hermanas mayores correr y caer masacradas, de quiénes dispararon cruelmente aquel día, de los que reconoció… Y pedía porque también tuvieran paz en sus corazones.

Así comenzó una historia que enriqueció nuestras vidas y en la que también casi sin darnos cuenta, se fueron involucrando nuestros familiares y amigos, porque Manuelito se convertiría en un lazo que uniría muy intensamente nuestra relación con su familia; lo trajimos muchas veces durante años a la ciudad de México para llevarlo al Instituto Nacional de Neurología y Neuropsiquiatría para un tratamiento que lo aquejaba, y su amistad y su confianza, nos permitió tender puentes con la comunidad y con los demás sobrevivientes en un proceso que sería parte central de nuestra vida en los siguientes siete años.

Años después una reportera también lo entrevistaría y le llamaría el Guardián de la memoria, porque para Manuelito el tiempo no pasó, se quedó ahí, el día de la masacre y podía recordar todo lo que sucedió y lo contaba a aquellos afortunados que visitaron Acteal y lo conocieron, platicaba con todo detalle por dónde llegaron los asesinos, lo que hizo su padre, al diácono Alonzo, cuando lo vio caer, para dónde vio correr a todos y él mismo. Pero sobre todo, nos habló de la resistencia de su gente, de la organización Sociedad Civil “Las Abejas”, y su lucha pacífica por alcanzar la justicia y la paz; nunca pidió venganza.   

Nuestro Manuelito murió el 10 de noviembre de 2012, no sabemos bien la causa de su muerte, una fuerte inflamación en su mano izquierda aparentemente por picadura de araña “violinista” acabó con su vida. Ya en agonía, nos dijo que entregaría su cuerpo, porque sólo era prestado, y que se reuniría con su padre, su mamá y sus hermanas y que estaría bien.

Foto: Rogelio Rueda Segura

Ahora, en el octavo año conmemorativo de su muerte, es para mí y para mis amigos una alegría recordarlo y un honor hablar de él, escribir de él y compartir con ustedes algo de sus palabras y su manera inocente y honesta de ver la vida, pero también lógica y coherente, orando por los muertos, pidiendo justicia y no venganza, regalando su palabra a todo aquel que quiso escucharla y relatando, momento a momento, lo que sus ojos de niño vieron aquel 22 de diciembre de 1997.

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